El 3 de marzo de 1976 la Policía Armada irrumpió a tiros en la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria. Una asamblea obrera había ocupado el interior del templo durante la tercera jornada de una huelga general que paralizaba a varios sectores de la ciudad. Cinco trabajadores fueron asesinados y más de cien personas fueron heridas, la mayoría, de bala.
La noticia de las manifestaciones y las cargas policiales movilizó a Adolfo Girajo, Tino Calabuig y Andrés Linares, del Colectivo de Cine de Madrid, un grupo clandestino que retaba y resistía desde la imagen el régimen (de visibilidad) franquista. Justo después de los Sucesos, se desplazaron a Vitoria para recoger una imagen que, de lo contrario, habría desaparecido. El documental registró la indignación popular ante la acción de la policía y la criminalización del pueblo en los medios oficiales, así como el dolor de las familias de las víctimas y el luto de la ciudad durante los funerales.[1]
El pasado 3 de marzo, coincidiendo con el 50º aniversario de los Sucesos, el Estado español reconocía finalmente el edificio de la antigua iglesia y actual expositor de belenes como lugar de memoria democrática, y aprobaba su reconversión en memorial.
El segundo programa del Centro de Estudios AMA, comisariado por Arantza Santesteban y celebrado entre el 26 y el 28 de febrero, se sumó a la conmemoración que cada año, desde hace cincuenta, la ciudad de Vitoria dedica a los Sucesos de 1976. Bajo el título Memorias que vibran: los soportes de la memoria, las jornadas propusieron una reflexión colectiva sobre las formas y los discursos que la memoria toma. Por ello, y puesto que apenas se conservan imágenes de los -los mencionados sucesos, esta relatoría empieza con una de ellas.

Como el dedo que señala el agujero de bala, propongo un ejercicio similar a partir de lo discutido durante esos días, es decir, un ejercicio de memoria de aquellos años: recuento los agujeros que los ponentes comentaron en sus conferencias y recuerdo las historias que, como la luz y el agua, se filtran por ellos. Los agujeros, junto a las lagunas o las fallas, son algunos de los lugares comunes y favoritos de la memoria; la metáfora y el cliché dan cuenta de esta geografía accidentada, y confirman que los accidentes lingüísticos son también, si no antes, físicos. En este sentido, y con el fin de atenerme al subtítulo del programa, cuento agujeros que, mucho antes de abrirse en el discurso, se abren en el papel, la roca o el asfalto. Hablo de agujeros porque hablo de memoria.
Carolina Cappa abrió las jornadas con una pregunta que, adaptada, fue atravesando el resto del encuentro: desde su experiencia como archivista y restauradora fílmica, actualmente en la Elías Querejeta Zine Eskola, interpela al hongo, la humedad o el corte que estropea una película. La pregunta por el sentido del daño en el soporte fílmico confluye en una historia del cine herido, una historia de imágenes enfermas, contagiosas, a veces incurables. Su degradación se debe a una mala o nula conservación. Este deterioro es, en cualquier caso, doble, primero político y luego químico: la historia del cine dañado es casi siempre la historia de los cines militantes, clandestinos y periféricos. Fuera de los circuitos de difusión habituales, de las pantallas y de los archivos, estas películas no salen, o tardan mucho en salir, de sus rollos. Al hilo de esta historia damnificada, Carolina Cappa reflexionó sobre la violencia de las políticas archivísticas, sus posibles alternativas técnicas y epistemológicas, así como sobre las distintas respuestas al daño, desde el lamento historiográfico a la romantización y estetización por parte de los imaginarios militantes como prueba de su lucha y resistencia.
La pérdida de una película deja huecos en la producción de un cineasta o en el imaginario de un grupo que la historia es incapaz de asumir. La relación, obsesiva por estructural, entre historia y pérdida anuncia la pertinencia de la siguiente pregunta: cuál es el sentido de la ausencia, si acaso lo tiene. La profesora e historiadora del arte María Rosón insistió en la significancia activa del hueco y en su condición de objeto historiográfico. En sus palabras resonaban aquellas otras que, hace casi un siglo, escribió Virginia Woolf:
«Often the paper was scorched a deep brown in the middle of the most important sentence. Just when we thought to elucidate a secret that has puzzled historians for a hundred years, there was a hole in the manuscript big enough to put your finger through. We have done our best to piece out a meagre summary from the charred fragments that remain; but often it has been necessary to speculate, to surmise, and even to make use of the imagination».
El agujero en el manuscrito nos priva de un trozo de la vida de Orlando, el agujero en el manuscrito guarda un secreto. Frente a la historia que se quiere entera y completa, María Rosón celebra la complicidad y la confidencia, la oportunidad que le brinda el hueco de imaginar y desear un pasado al que solo es posible acceder a través de él. El agujero trastorna las lógicas de integridad y transparencia que la historia impone, socavándolas. A propósito de la claridad, María Rosón recupera el tropo del armario como estructura que define la opresión cuir del siglo XX y extiende su uso a la opresión franquista. La pertinencia de la expresión se debe a que en el armario se debaten otros binomios, como secreto-revelación, privado-público, desconocido-conocido o implícito-explícito, que conforman algunos de los espacios de lucha más significativos de la cultura occidental moderna. En este sentido, la claridad como condición de posibilidad del conocimiento (histórico) se revela como parte de una estructura opresora.
La historia, coincidieron todos los ponentes, se quiere entera, incluso cuando sus monumentos se agrietan, incluso cuando se caen. El investigador del CSIC Germán Labrador, quien ha estudiado profusamente las estéticas y los discursos de la Transición española, así como los lugares de su memoria, incidió en los muchísimos agujeros que horadan la historia reciente del país: fosas, grietas, socavones.
En el número 104 de la calle Claudio Coello, bajo la placa conmemorativa que el pueblo de Madrid le dedicó al presidente y almirante Luis Carrero Blanco en 1974 “para honrar su muerte heroica y perpetuar su memoria”, una grieta en el asfalto importuna periódicamente al Ayuntamiento, cuyos servicios de mantenimiento se esfuerzan en tapar. La fisura, recuerdo del socavón que dejó la bomba, reaparece repentina e insistentemente. En ella, en la imposibilidad de su definitivo cierre, Germán Labrador advierte el permanente desajuste entre experiencia y discurso (del atentado, de la dictadura, de la transición, de aquellos años).
La historia reciente del país también se concreta y materializa en los agujeros de bala que puntean el Congreso de los Diputados desde el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: en diciembre de ese mismo año se detectaron treinta y siete agujeros; en 1999, treinta y tres; y en 2013, treinta y cinco. A lo largo de cuarenta y cinco años, se han encontrado agujeros, destapado algunos y tapado otros. Las intervenciones y obras de restauración a las que se sometió el edificio en este tiempo justifican, no sin polémica, la oscilación de la cifra. El acuerdo sobre la conservación de los agujeros es, tal vez, uno de los primeros ejercicios de memoria democrática: hoy, en el Congreso de los Diputados, una vitrina guarda una rejilla de ventilación con un agujero de bala.
De nuevo, y paralelamente a la grieta de la calle Claudio Coello, la memoria encuentra siempre formas desafortunadas de importunar a la historia.

El más incómodo, el más disonante, de nuestros monumentos es, de hecho, un agujero. El decreto aprobado por Francisco Franco el 1 de abril de 1940, al año de la victoria militar de las tropas sublevadas, dispuso la construcción de “una Basílica, un Monasterio y un Cuartel de Juventudes, en la finca situada en las vertientes de la Sierra de Guadarrama, conocida por Cuelgamuros.” El texto fundacional levanta ya el andamiaje ideológico del monumento: su retórica religiosa y militar avala el emplazamiento (un risco a escasos kilómetros del Escorial) y las proporciones (mil trescientas setenta y siete hectáreas de suelo expropiado, dos millones de árboles replantados, una cruz de doscientas mil toneladas de piedra, una oquedad de doscientos sesenta metros de largo).
Paco Ferrándiz, investigador del CSIC y asesor de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática entre 2020 y 2023, discutió las tensiones y las luchas que se dan en Cuelgamuros.
El año de la inauguración del Valle, cuando se cumplían veinte del fin de la guerra, comenzó una empresa de reclutamiento de cuerpos: entre 1959 y 1983 más de treinta y tres mil restos de víctimas fueron desplazados forzosamente hasta allí. En 2023, se instaló por primera vez en el interior de la basílica un laboratorio forense con el objetivo de recuperar los restos reclamados por familiares de 128 víctimas de la Guerra Civil. La presencia de un laboratorio forense en un antiguo lugar de culto “a los Caídos por Dios y la Patria”, considera Ferrándiz, supuso un paso adelante en la desarticulación y la resignificación del conjunto.
Una vez más, es en el agujero donde la memoria irrumpe y la historia se debate: todos los días en aquel agujero un equipo forense trabaja en la identificación de los restos óseos de las víctimas; y todos los días en aquel mismo agujero, recuerda Ferrándiz, se celebra una misa por Franco y los caídos.
Junto al mayor ejemplo de arquitectura y paisaje fascista todavía en pie en Europa, se encuentran los destacamentos penales de San Román, Banús y Molán,[2] cuya construcción se enmarca en un sistema de redención de penas en que el Estado alquilaba la mano de obra de presos políticos a empresas; San Román, Banús y Huarte son algunas de las contratas más conocidas. En este sentido, y a modo de conclusión, Paco Ferrándiz reclamó un desplazamiento del discurso sobre Cuelgamuros, hasta hoy centrado en el monumento, hacia las chabolas donde vivieron las personas forzadas a levantarlo.

Al hablar de hongos, secretos, disparos y bombas, los ponentes ofrecieron una lectura propia, en ocasiones indirecta, del agujero (como daño, como vacío, como recuerdo, como monumento), y descubro, un poco tarde, al término de esta relatoría, que hablaban de lo mismo, de que tal vez el agujero sea el soporte más adecuado de la memoria, en un tiempo en que el monumento parece no poder soportarla.
[1] A propósito del sentido y la emergencia del cine clandestino durante los últimos años de la dictadura y la Transición, he consultado el trabajo de Lidia Mateo Leivas, cuya investigación sobre la genealogía visual de los Sucesos de Vitoria ha sido fundamental: https://doi.org/10.1080/14636204.2017.1380150. El documental está disponible en la web del Colectivo de Cine de Madrid: https://colectivodecinedemadrid.com/#videos
[2] La memoria final de la investigación histórica y arqueológica realizada en los destacamentos penales de Cuelgamuros en 2021 se puede consultar en el siguiente enlace: https://www.mpr.gob.es/servicios/publicaciones/Documents/ArqueologiaValleCaidos.pdf
