Carta desde la ciudad del amor fraterno

Estamos sumidos en un mundo en caos. Mi realidad de programadora de cine se adapta al ritmo. Lucho por estirar y dilatar un tiempo marcado por los titulares del presidente de este país adoptivo en el que vivo (EE.UU.). No mencionaré su nombre. Encontraré refugio en los que se tomaron el tiempo para reflexionar y ofrecer alguna respuesta en tiempos convulsos. El conocimiento, volcado en la red, me reenvía al refugio de lo analógico. Sin poder visitar Desert X (https://desertx.org/) o ir a alguno de los parques naturales por el invierno glacial que la Niña ha traído, reducida a vivir a través de un mundo en diferido, “vicariamente”, como se dice por aquí, mantengo encendidos la radio y el ordenador. Me acompañan fieles y tenaces. La paradoja en la que vivimos me impulsa a rastrear información online que me fuerce a asomarme al exterior. NPR y sus programas vienen de paseo, al gimnasio y puntúan la banda sonora de mi biblioteca musical. Programas, repito. Sigo renegando de llamarlos podcasts. Supongo que el llevar desde la infancia adormeciéndome con la radio, me da cierta legitimidad. O será pura costumbre. Lealtad mejor.

Dos noticias me acosan los últimos días. La primera, el regreso desde Francia de un tambor a Costa de Marfil (https://africa.businessinsider.com/local/lifestyle/france-returns-sacred-drum-looted-from-ivory-coast-after-over-100-years/q6wvrq0) haciéndome pensar en el retorno de parte del tesoro de Benín (cuya primera entrega filmó Mati Diop en Dahomey, 2024), con sus ecos de un proyecto inacabado, en el que la ONU, la UNESCO y otras instituciones de mediados del siglo XX surgen con la misión de crear un mundo más justo y evitar contiendas globales. La segunda, la muerte de Jesse Jackson, alumno aventajado de MLK, quien fue asesinado por un país que no estaba preparado para reconocer sus pecados. Ahora, cuando el suprematismo masculino blanco campa a sus anchas en los círculos de poder político, económico y religioso, volver a sus enseñanzas se torna imperativo.

Sigo intentando desconectar. ¿Seré capaz? Visito museos locales y me encuentro, por sorpresa, en mi buzón de email con un anuncio para ver una película perdida y recuperada por el colectivo Reelblack (de retorno tras años de silencio pandémico: https://shop.reelblack.com/products/riverbend-blu-ray-pre-order-limited-edition). Mi marido y yo nos encontramos con un par de amigos en la sala de la Philadelphia Film Society (a unos pasos de la Campana de la Libertad) para ver Riverbend de Sam Firstenberg (EE.UU., 1989), y compartir a media luz con director, parte del casting y público entregado, una película de herencia Blaxplotation que tiene más de comentario sobre el momento actual que la mayoría de los títulos que compiten en los Oscars. El público y el paseo hasta llegar al cine a temperaturas bajo cero y una nieve que hace semanas que nos envuelve, me fuerza a reflexionar sobre mi ciudad en este momento cargado de hitos históricos (casi por minuto). Estamos a las puertas de celebrar el 50 aniversario de Rocky y en verano se darán la mano partidos del Mundial de fútbol con 250 años del nacimiento de este país. Miedo da pensar en cómo responderán unas infraestructuras olvidadas. Supongo que la gente compensará con su entrega. Una vez más. País revuelto, desquiciado, que busca sin tregua su camino entre los demagogos y charlatanes online, orgulloso herederos de aquellos que, en los primeros años de vida de este país, sacaban muelas, vendían ungüentos y hablaban en lenguas inspirados por unas creencias utópicas distorsionadas.

Pienso en películas filmadas aquí, en espacios desaparecidos por la transformación urbana (lenta, pero visible) de las últimas décadas y me viene en mente la celebración del Liberty Day y cómo Brian de Palma retrató la ciudad en su Blow Out (1981). Lo reviso desde la pantalla de mi salón. Con un joven Travolta de una naturalidad que añoro en actores actuales, este neo-noir, comentario americano a Blowup de Antonioni (1966), con sus referencias a pelis slasher, al puro entretenimiento y alegato a favor del audio (relegado tantas veces en lo audiovisual), me remite a un proyecto en el que estoy trabajando sobre cine de género de explotación y su relevancia contemporánea. Me vuelve la fe.

En el mundo del arte, empeñados en dar la espalda a la realidad, en un estado de embriaguez representativa de las minorías, falta la autocrítica. ¿Cómo es posible que, siendo casi el 20% de la población de los EE.UU., se haya dejado sistemáticamente fuera a la gente llegada de países hispanohablantes? De fiarse de la última exposición fotográfica en el Philadelphia Art Museum titulada “Where Are We Now? American People and Places: 1955-2025 (https://www.philamuseum.org/exhibitions/where-are-we-now) parecería que este inmenso país es literalmente blanco y negro. Esta bicromía discursiva ha hecho daño. Ha alienado. Deberíamos haber sido más prudentes. El “Racial profiling” y la criminalización rampante de los latinos, de los africanos, asiáticos o árabes recién llegados y de cualquier refugiado-exiliado que lo parezca para ICE, el Departamento de Justicia y que encajen en el torrente de memes infantiles generados por IA del Gobierno, fuerzan a repensar en el significado de la Democracia en mayúscula. No son suficientes los ejercicios de visibilidad puntual de las minorías y de corrección de la representación, donde “la línea de clase” ha desaparecido a favor de una “línea de color” que rentabilizan unos pocos. Se ha convertido en uno de mis mantras: la línea de color ha sido mal entendida en los últimos años. El abolicionista Frederick Douglass -la persona más fotografiada en su época- fue el primero en hablar de ella en 1881: https://archive.org/details/jstor-25100970/page/n1/mode/2up). En los albores del siglo XX la revisaría W.E.B. Dubois (https://revisesociology.com/2025/04/21/w-e-b-du-bois-and-the-colour-line-racism-and-black-identity-in-america/) ensalzándola como el problema del siglo XX en su The Souls of Black Folk. Años después, sería C.L.R. James en The Black Jacobins (1938), quien establecería las conexiones necesarias entre la línea de color y la línea de clase, aspecto que nos sigue persiguiendo en la actualidad, al habernos olvidado de lo más importante: la igualdad económica, el acceso a la educación y sanidad públicas de calidad, y la necesidad de basarnos en un amor fraterno que suplante divisiones atávicas y empuje a un encuentro sin intermediarios, siguiendo a los cuáqueros, fundadores de esta ciudad en la que vivo, Filadelfia: “la ciudad del amor fraterno”.

Me repito: hay esperanza. En apenas un mes abrirá en The Barnes Foundation una exposición que toma el título de un libro del alumno distinguido de C.L.R. James, Robin D. G. Kelley: Freedom Dreams (2002) (https://www.beacon.org/Freedom-Dreams-P1855.aspx). En esta obra analizó el trabajo de intelectuales y artistas bajo el concepto de “Black Radical Imagination”, esencial en mi praxis como comisaria y profesora del cine y arte africanos y diaspóricos. En el Barnes, me encontraré pronto en familia de la mano de Arthur Jafa, Garrett Bradley y tantos otros. La belleza de sus propuestas, la pertinencia de sus mensajes para seguir expandiendo el diálogo democrático desde el arte, me permiten atisbar otro futuro posible. Volveré a la pantalla, pero esta vez será en las instalaciones del Barnes asomadas a la avenida coronada por la estatua de Rocky, este año con una placa informativa en la base para evitar que los más despistados crean que Rocky es una figura histórica de la ciudad y apropiarse del icono cultural más famoso… la tendenciosa distancia entre el cine-arte y el de entretenimiento… la disolución entre lo real y lo ficticio, entre la manipulación de la IA y las fake news quedan para otro día…

Como ejercicio de salud mental, tras estas palabras me pongo a rebuscar entre los cómics que leo las últimas semanas: Brad Neely, Charles Burnes (otro hijo adoptivo de Philly) y Pierre La Police me hacen un hueco a su lado. Gracias por estar a mi disposición, maestros de lo absurdo.

* Beatriz Leal Riesco es investigadora, docente, crítica y comisaria especializada en arte y cine contemporáneos africanos y de la diáspora.